viernes, 25 de mayo de 2018

La boda de Harry Y Meghan


El príncipe pelirrojo ya se ha casado. Se repite la historia, una actriz americana entra en la vieja realeza europea, y esta vez nada menos que en la casa real británica. Es verdad que la actriz no se ha convertido en princesa, la pérfida Albión no regala títulos a la ligera, la actriz tiene desde el 19 de mayo de 2018 tratamiento de Alteza Real y ostenta el título de duquesa consorte de Sussex.
La diferencia entre Meghan Markle y Grace Kelly es enorme, mientras Kelly venía de una familia convencional y conservadora de Philadelphia, Markle es hija de madre afroamericana y padre blanco, divorciados y Meghan está divorciada. En la casa real británica que la nueva duquesa consorte sea divorciada no tiene demasiada importancia. El futuro rey de Inglaterra, Carlos está divorciado casado en segundas nupcias por lo civil con una mujer también divorciada, es decir la futura reina consorte de Inglaterra va a ser una mujer divorciada. El hecho de que Meghan tenga orígenes afroamericanos si es una pauta novedosa, que sin embargo parece que ha venido muy bien a la vieja realeza británica.


El 19 de mayo de 2018 Meghan Markle y el príncipe Harry de Gales se daban el Sí quiero en la capilla de San Jorge del palacio de Windsor. La mayor expectación era descubrir el traje de la novia. La siempre recordada princesa Grace no podía ser la inspiración, esa carta ya la había usado la nueva cuñada de Meghan, la duquesa consorte de Cambridge en su boda en 2011 con el príncipe William.
Meghan llegaba a la capilla de San Jorge en un Rolls Royce de la reina acompañada de su madre, la novia bajaba del coche y subía sola las escaleras para acceder al interior de la capilla, dentro para recorrer los últimos metros la esperaba el príncipe de Gales quién la acompañó al altar.



Y Meghan sorprendió al mundo, primero por elegir a una diseñadora que no se encontraba en las apuestas, la británica Clare Waight Keller, directora artística de la casa Givenchy. El vestido impecable cedió todo el protagonismo a la novia y a la tiara que ésta eligió para complementar el diseño, la tiara de la reina Mary de Teck, la tatarabuela del príncipe Harry. La tiara olvidada durantes años regresó a la vida pública por la puerta grande. 


La tiara sujetaba el impresionante velo de tul bordado recordando los países de la Commonwealth. Meghan marcó diferencias con la boda de la princesa Diana, en el vestido de Meghan no había rastro de la opulencia de aquel vestido del que estuvo pendiente el mundo en julio de 1981. Meghan apostó por la sencillez y no se equivocó. Tampoco recurrió la nueva duquesa consorte a la tiara Spencer (la usada por Diana en su boda). 
Como joyas además de la tiara, Meghan llevó unos pendientes de oro blanco y diamantes en forma de botón de Cartier que ya había usado en anteriores ocasiones desde su presentación como prometida del príncipe Harry y un brazalete también de Cartier en platino y diamantes además del anillo de pedida. Los zapatos, unos Stilletos de Ginechy forrados en la misma tela del vestido
























Clare Waight Keller huyó del tópico de Grace Kelly, pero si buscó inspiración en la realeza europea. El vestido de Meghan recordaba al diseño de Lorenzo Caprile para la Infanta Cristina de Borbón en su boda de octubre de 1997. 


















La elección de Givenchy sorprendió, sin embargo se puede interpretar como el homenaje de Meghan a otra princesa del cine, la gran Audrey Herphur, que tenía en Givenchy a su diseñador de cabecera.
El príncipe Harry optó por un uniforme militar, que no era precisamente el que más lo hubiese favorecido.
El ramo de la novia era muy sencillo, pequeño y elegante, con rosas blancas y no me olvides.











Para la fiesta nocturna, la ya duquesa consorte de Sussex volvió a impresionar con la elección de vestido. En esta ocasión confió el diseño a la también británica Stella Macarthy con Stilletos blancos. Un vestido en satén de seda blanco con cuello halter. Meghan apostó por el pelo recogido en un moño despeinado, su favorito, pendientes de oro blanco y diamantes largos de Cartier, los cuales parecían ser el juego del brazalete que había usado en la ceremonia religiosa, y aquí saltaba la sorpresa, Meghan lucía en su mano una sortija con una imresionante aguamarina talla esmeralda, que había pertenecido a la princesa Diana.











El príncipe Harry en esta ocasión si acertó con la indumentaria, smoking que le sentaba como un guante. Y el complemento en esta ocasión fue el fabuloso Aston Martin descapotable en el que la pareja abandonaba el castillo de Windsor rumbo a la fiesta.

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